
También el río tensa
las cuerdas de la cítara.
Sus aguas arquean los filos de la roca.
Escuchas el rumor
perdida en las montañas.
La niebla salpica tus tobillos
y la música se rompe, cristal de porcelana.
Solo entonces contemplas tu rostro entristecido,
sin entender que la música del valle
se escribió para ti.